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"Para nosotros, Ceuta es una cárcel"

 · ELPAÍS.com

Ratty, un músico sudanés de 25 años y sonrisa indestructible, tiene tatuado en la memoria el día en que llegó al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Ceuta. "Era el 20 de julio de 2007. Mi mujer, Rose Jean, y yo tardamos cuatro meses en cruzar el desierto y damos gracias a Dios todos los días por haber llegado hasta aquí", afirma. Ratty, hijo de un pastor protestante, cuenta que es el único miembro de su familia que ha sobrevivido a las luchas entre cristianos y musulmanes en el sur de su país. El matrimonio tuvo una hija, Natascha, hace dos años y medio. En la mesa de la habitación que ocupan en el CETI solo hay una Biblia, abierta por una página al azar, y Ratty lleva en la mano otro libro, titulado Our daily bread (el pan nuestro de cada día).

Han pasado 1.080 días desde su llegada a Ceuta, y la lectura de textos religiosos apenas alivia el ansia de abandonar el limbo fronterizo de la ciudad autónoma y dar el salto a Europa: "Los músicos necesitamos libertad y aquí no la tenemos", dice Ratty. Casi todas las personas que viven en el CETI -actualmente hay 470 residentes, de ellas 15 familias con niños y otras 12 mujeres gestantes para 512 plazas- relatan historias similares.

El periodo de estancia media en el centro ha pasado a 18 meses, cuando el máximo previsto es medio año, aunque son numerosos quienes afirman llevar más de tres y cuatro años. La frustración que sienten los residentes por no poder continuar su viaje hacia la Península está convirtiendo al centro en una olla a presión que la policía teme que pueda reventar en cualquier momento. El pasado septiembre los senegaleses, que son la nacionalidad mayoritaria, con un 25% de residentes, se manifestaron por las calles de Ceuta pidiendo poder continuar su viaje hacia Europa. Posteriormente llevaron su protesta al propio CETI, que vivió momentos de gran tensión. Ahora, policías antidisturbios vigilan a diario las instalaciones, situadas en las afueras de la ciudad. La calma, de momento, se mantiene.

El CETI, gestionado por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, es un centro abierto. Los extranjeros allí alojados, en un 70% demandantes de asilo pendientes de resolución, pueden salir de él con libertad y circular por la ciudad. Sin embargo, no pueden abandonar Ceuta ya que esta ciudad autónoma, al igual que Melilla, está excluida del espacio Schengen de supresión de fronteras interiores de la Unión Europea.

Por ello, casi todos los días, residentes del CETI salen de las instalaciones de la carretera del Jaral y se dirigen al puerto ceutí. En la escollera de La Puntilla se esconden entre las rocas o sobre la montaña de escombros creada por la ampliación del recinto portuario. Allí esperan la oportunidad de colarse en los bajos de un camión que cruce el estrecho en los ferrys hacia Algeciras.

"En la escollera hay un centenar de inmigrantes, la mayoría magrebíes, muchos de ellos menores adictos a esnifar pegamento, pero también hay subsaharianos del CETI. No hay día en que no pillemos a uno o dos escondidos en camiones y contenedores", afirma una fuente de la Guardia Civil. A veces, los extranjeros lanzan piedras a los agentes para distraerlos y facilitar el embarque de sus compañeros. El último incidente conocido ocurrió en la madrugada del miércoles. Según un portavoz de la Guardia Civil, un pequeño grupo -"no más de media docena"- de subsaharianos les atacó y los agentes repelieron la agresión con pelotas de goma. No hubo heridos ni detenidos. La carretera que separa la escombrera del aparcamiento para camiones está sembrada aquí y allá por casquillos de balas de fogueo.

Musa, senegalés de 28 años y chofer de profesión, se ha subido junto a otros africanos a la escombrera. Es el único que no huye o se esconde de los periodistas, aunque se niega a dejarse fotografiar. Tras ocho meses en Ceuta, el jueves casi consiguió su objetivo: "Me colé en los bajos de un camión sin que el conductor se diera cuenta, pero ese camión no entró en ningún ferry", se lamenta con los ojos puestos en el Estrecho. "Para nosotros Ceuta es una cárcel".

El CETI, construido en la ladera de un monte, se divide en tres niveles. El superior lo ocupan el comedor, las zonas comunes y las oficinas. El nivel medio se dedica a aulas, talleres y zonas deportivas. La parte baja está destinada a las habitaciones de los inmigrantes. Junto al cuarto de Ratty y su familia, seis mujeres comparten una estancia de ocho metros cuadrados con literas.

Bibian, de 30 años y origen somalí, ha sido madre hace 15 días en un hospital de la ciudad. "Llevo tres años aquí. Estoy perdiendo el tiempo", afirma en inglés. La congoleña y francófona Corinne remacha: "No podemos cocinar nuestra comida, ni traer alimentos a las habitaciones, ni nada. Casi todos los días acabamos a gritos y hay broncas por cosas tan tontas como las camas. En estas condiciones es muy complicado vivir con educación", afirma. Las camas altas están atestadas con los enseres que estas mujeres han ido acumulando en estos años en Ceuta.

25 nacionalidades bajo el mismo techo

Carlos Bengoechea, diplomático de carrera y director del CETI desde hace ocho meses, gestiona un espacio en el que se mezclan 25 nacionalidades, y en el que trabajan 110 personas, la mayoría procedentes de ONG. "Para todos estas personas, Ceuta no es el fin de su trayecto. Han quedado embolsados en la ciudad. Hasta llegar aquí han pasado una media de dos años en el desierto, y muchos han sufrido graves vejaciones. Al 90% se les ha salvado in extremis del naufragio psíquico y llegan con situaciones muy complicadas. Lo primero que hacemos es tratar de que recuperen la dignidad personal perdida, aunque el alargamiento de la estancia genera otros problemas".

Bengoechea recuerda que el CETI, por el que han pasado unos 20.000 inmigrantes en sus 10 años de existencia, cumple principalmente una función social y humanitaria, que no dan ni Marruecos ni Reino Unido, los otros dos países con presencia en el Estrecho de Gibraltar. "Ningún país de la ribera norte de Europa da nuestro nivel de prestación", asegura.

En el centro, los extranjeros pueden ocupar su tiempo en talleres de jardinería o pintura o aprender español -"cinco de ellos se examinan ahora del Diploma de Español como Lengua Extranjera"-, afirma Bengoechea, que es bastante apreciado por los residentes, a los que habla en inglés y francés, lenguas que domina. Algunos inmigrantes tratan de adaptarse a la situación y se emplean como aparcacoches o descargando camiones. "No oculto que algunos acaban ejerciendo la prostitución", reconoce Bengoechea.

El presupuesto del CETI ceutí supera los cuatro millones de euros al año. La religiosa Paula Domingo, de la Asociación Elín, que lleva 11 años trabajando en la defensa de los derechos de los extranjeros, denuncia que "estar durante tres o cuatro años en un sitio en el que solo puedes comer y dormir a la espera de si te expulsan o te dejan ir a Europa es una tortura. Para ellos el futuro se ha roto, y colaboramos con nuestros impuestos a su deterioro personal".

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