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La mejor defensa de la huelga general la hizo ayer una oyente de Radio Nacional. ‘Quieren convertir este país en un taller de chinos”, dijo en antena. Y no le falta razón. Si fuera cierto -y la oyente parecía creerlo con convicción- es evidente que habría razones más que suficientes para secundar el paro. Y a tenor de otras convocatorias similares, entre tres y cuatro millones de trabajadores lo hicieron.

El problema es que otra buena parte de la población no piensa lo mismo, y la huelga se saldó con un resultado irregular. La gran industria y el transporte público (excepto los taxis) paró, pero sus efectos fueron muy limitados en el comercio y los servicios. También en la vida cotidiana de las grandes ciudades y en la Función Pública del Estado, donde apenas el 17% de los funcionarios fue a la huelga.

La convocatoria, en todo caso, se dejó notar a primeras horas de la mañana, pero según pasaba el tiempo, se fue desvaneciendo. Y es que muchos ciudadanos no creen que la reforma laboral  vaya a convertir a España en un taller de chinos. A lo sumo, flexibiliza un poco más un mercado de trabajo obsoleto que tiene la ‘virtud’’de disparar la tasa de desempleo por encima del 20% cada vez que la economía entra en recesión.

Desde luego que esto no ocurre sólo por la legislación laboral. También por la existencia de un modelo productivo basado en el músculo y no en el cerebro, lo que provoca largos periodos de anorexia económica. Como el actual.

Y no es que la reforma laboral sea una panacea. Al contrario. Da demasiado poder al empresario y es manifiestamente mejorable debido a que debilita el carácter tuitivo de la legislación laboral, que obliga a proteger a la parte más débil en una relación contractual que necesariamente no puede estar equilibrada. Cuando se firma un contrato de trabajo, el empresario y el trabajador no están en igualdad de condiciones. Es obvio.

El país tiene infinitos problemas, pero comparar las actuales relaciones laborales con las que había durante el franquismo es, simplemente, construir un mito en defensa propia. O mejor dicho, en defensa de los legítimos intereses de los sindicatos y de sus afiliados, que -como cualquier grupo de presión- tienen derecho a pelear por lo que es suyo

El Gobierno, sin embargo, ha optado por flexibilizar el mercado de trabajo -lo cual va en la buena dirección- sin mejorar, al mismo tiempo, la seguridad cuando un trabajador pierde su empleo, y eso es un error que tarde o temprano se pagará en términos de exclusión social o de fracaso escolar para los hijos con padres parados de larga duración.

Los sindicatos, sin embargo, han prescindido de estos matices y acusan al Gobierno de hacer retroceder las relaciones laborales a hace más de 30 años, lo cual es simplemente novelesco, por decirlo de forma literaria. Fundamentalmente, por una razón fácil de entender. Desde la primera huelga general -y ya van siete-  se ha repetido esta cantinela hasta la saciedad (‘un retroceso histórico de nuestros derechos’), y parece evidente que no puede ser verdad que cada vez que el Gobierno de turno aprueba una reforma laboral, la nación regrese a la España visigoda.

El país tiene infinitos problemas, pero comparar las actuales relaciones laborales con las que había durante el franquismo (sindicatos proscritos y nulos derechos laborales en las empresas) es, simplemente, construir un mito en defensa propia. O mejor dicho, en defensa de los legítimos intereses de los sindicatos y de sus afiliados, que -como cualquier grupo de presión- tienen derecho a pelear por lo que es suyo. El conflicto social existe en todas las sociedades democráticas, y lo que hay que hacer es gestionarlo con cordura.

Los hombres y los símbolos

La construcción de mitos es un viejo hábito de la política española. Se pergeña una idea aparentemente feliz -aunque no sea cierta- y a partir de ahí se articula un discurso coherente alejado de la realidad de los hechos, pero suficientemente persuasivo para encontrar adeptos. El profesor Álvarez Junco ha estudiado bien este fenómeno y recientemente leyó un opúsculo* en el que recordaba unas observaciones del filósofo alemán Ernst Cassirer, que hablaba del hombre no como un ‘animal racional’, sino de carácter ‘simbólico’.

En su opinión, los humanos nos enfrentamos con nuestra realidad creando símbolos, términos u objetos dotados de significado que remiten a los problemas y aspectos fundamentales de la vida humana y que nos protegen y dan fuerza frente a la adversidad. Todo el proceso de creación cultural -religión, arte, filosofía, ciencia- está cimentado en la construcción de símbolos. Y la huelga general, en este sentido, forma parte de esa arquitectura de los mitos que domina la escena política española: Para unos, ‘los sindicatos son unos corruptos que sólo viven de la sopa boba del Estado’; mientras que, para otros, ‘el mejor patrón, es el patrón colgado’.

Esta construcción de símbolos y de discursos maniqueos explica que cualquier crítica a la estrategia sindical, se considere de forma automática como fruto de la caverna; y, al contrario, defender a las centrales es sinónimo de plegarse a los intereses de un lobby que sólo busca perpetuar su situación de privilegio.

Este falso antagonismo –que algunos llamarían de clase- explica que el concepto de ‘huelga general’ se haya convertido no sólo en un mito o un símbolo, sino también en una liturgia por la que cada Gobierno tiene necesariamente que pasar. Y el 29-M no ha sido una excepción.

El Gobierno está en condiciones de presumir ante Merkel de que la reforma laboral va en serio y de dejar claro que Rajoy no es ningún paniaguado. Lo peor que le hubiera podido pasar al Ejecutivo es que los sindicatos no le hubieran convocado una huelga general. Hubiera sido imperdonable símbolo de debilidad ante los mercados

Los sindicatos han logrado lo que querían. Por un lado, seguir siendo interlocutores válidos ante el Gobierno, y, por otro, que la opinión pública visualice con nitidez que ellos son los representantes legítimos de buena parte de la población, aunque sin pasar por las urnas. También reforzarse ante sus afiliados y simpatizantes, críticos con CCOO y UGT por su actitud pasiva durante muchos años con Zapatero.

Un Rajoy 'paniaguado'

El Gobierno, por su parte, está en condiciones de presumir ante Merkel de que la reforma laboral va en serio y de dejar claro que Rajoy no es ningún paniaguado. Lo peor que le hubiera podido pasar al Ejecutivo es que los sindicatos no le hubieran convocado una huelga general. Hubiera sido imperdonable símbolo de debilidad ante los mercados. Pero sin excesos, y eso puede explicar mejor que ninguna otra cosa el 'perfil bajo' que ha querido dar Moncloa a la convocatoria. Frente a lo que sucedió en tiempos de Aznar, cuando el expresidente fue extremadamente beligerante con los sindicatos, en esta ocasión ha sido una directora general (la de política interior), Cristina Díaz, la que leyó el parte 'de guerra' de la jornada, pero sin valoraciones políticas. Ni siquiera la ministra de Empleo, Fatima Bañez, quiso hacer sangre para no calentar la huelga.

Pero lo que sí permanecen son las imágenes. Y como suele suceder en una sociedad mediática que busca el espectáculo informativo, lo que queda grabado a fuego en las televisiones y los grandes periódicos internacionales es una cierta helenización de España. Cristales rotos, barricadas, enfrentamientos con la policía y una sensación de caos que sin duda llamará la atención de los inversores sobre qué está sucediendo en este país. No ganan ni sindicatos ni Gobierno, pierde España.

La huelga general, de esta forma, se convierte en una especie de totem que adoran cada cierto tiempo unos y otros, aunque tirios y troyanos saben que no va a servir para nada.  Por eso, la huelga de ayer no fue ni buena ni mala. Ni fue un éxito ni fue un fracaso. Fue simplemente irrelevante, que es lo peor que le puede pasar a un país: convertir en rutina -en un trámite- algo tan serio como un paro de estas características. La vida sigue igual. Hoy los Presupuestos Generales del Estado de 2012 y ya falta menos para la próxima huelga general.

Fuente:tnrelaciones.com

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