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El eterno retorno

Muchas cosmogonías en el transcurso de la historia han insistido en el carácter cíclico del mundo en el que vivimos. Las cosas, los hechos —o los hombres— nunca desaparecen del todo y siempre vuelven de alguna manera. Ciertos usos sociales parecen seguir un patrón similar. Y las causas son muy diversas. Uno de los factores que más ha contribuido a esta vuelta atrás en ciertas formas de consumo es la fuerte entrada de inmigrantes que ha experimentado nuestra sociedad en la última década. Por mencionar sólo un ejemplo, hemos vuelto en España al subarriendo, forma de residencia que había prácticamente desaparecido con el desarrollo económico, que solucionó los aspectos más graves del problema de la vivienda. La causa del crecimiento del subarriendo no ha sido, por tanto, esta vez la falta de pisos, sino el bajo nivel de renta de la mayoría de los inmigrantes que, aunque sean demandantes potenciales de vivienda en propiedad o en alquiler, no tienen recursos económicos para acceder a una de estas dos opciones.

La crisis económica parece estar actuando también como catalizador del regreso de instituciones sociales y formas de comportamiento, que parecían estar ya guardadas. Los casos son numerosos. Algunos de ellos no tienen demasiada importancia; por ejemplo, toda persona que sea conductor habitual en una gran ciudad española, estará notando que la densidad del tráfico a primeros de mes es mayor que la que existe en los últimos días. Esto era habitual hace algunos años. Pero la necesidad de dejar el coche en casa a fin de mes por no tener dinero para pagar la gasolina, había disminuido de forma significativa. La recesión ha obligado a mucha gente a hacerlo de nuevo. Los ingresos familiares no permiten ya llegar a fin de mes con la misma holgura que antes.

Pero hay situaciones que resultan hoy mucho más preocupantes. Para comprobarlo basta ver las imágenes de los comedores de beneficencia; o preguntar en los que ya existían por el aumento del número de personas que son atendidos en ellos cada día. Si muchas personas se están viendo obligadas a reducir sus niveles habituales de consumo, otras no alcanzan a cubrir siquiera sus necesidades más básicas. Y son los inmigrantes en paro quienes tienen mayores problemas. Sin seguro en muchas ocasiones y sin el apoyo que presta siempre la proximidad familiar, está volviendo a pasar por aquellas situaciones de penuria que afectaron a tantos españoles que abandonaron el campo para trasladarse a la ciudad en las décadas de 1940 y 1950.

No es fácil saber en qué grado puede agravarse la situación en los próximos meses. Pero es difícil ser optimista. Poca gente tiene dudas de que el año acabará con más de cuatro millones de desempleados, en cifras oficiales; y bastantes más en la realidad. Y el número de personas que pierden la protección del subsidio de paro es cada vez más alto. En estas condiciones sería sorprendente que el deterioro de los patrones de consumo no fuera acompañado por un crecimiento importante de la delincuencia, en especial de los delitos contra la propiedad; y todo indica que la seguridad se está deteriorando de forma significativa en muchas ciudades españolas. Cuando se escucha a los representantes del Ministerio del Interior que no debemos preocuparnos porque el número de delitos no crece tanto como se dice, hay que pensar que las cosas están poniéndose realmente feas.

Francisco Cabrillo es catedrático de Economía.

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