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Rubalcaba y los inmigrantes de color

EL IMPARCIAL

Se han recogido cerca de diez mil firmas en favor de 54 inmigrantes que se encuentran desprotegidos en Ceuta. Se las han entregado a Rubalcaba. Recuerdo un caso distinto pero similar cuando un grupo de indígenas negros asaltó las vallas que separan a España de Marruecos. Escribí entonces algo que quiero recordar ahora.

He defendido cien veces las ventajas de la inmigración, mil veces la necesidad de que sea legal y controlada. Pero estoy a favor de los negros que se han desgarrado, que se siguen desgarrando, en las vallas de Ceuta y Melilla en busca de pan y libertad. Vienen del África yoruba, del África bantú, del África prieta y del alma. Han dejado atrás las raíces profundas, la pisada oscura en la selva. Han regado de sudor, tal vez de sangre, el arrozal dolorido y el dolorido corazón de la madre lejana. Han atravesado las junglas y los desiertos. Han sufrido, en fin, el hambre y la sed, el frío y el ardor, ay, negro agredido, negro insultado, escarnecido negro, náufrago de patrias, peregrino de la desolación, hasta llegar a las alambradas y los espinos de una nación que se abrió siempre a todas las razas y a todos los horizontes.

Por eso a ti, inmigrante negro, centinela negro, yo te pido que no me mires con esos ojos heridos de odio, pues estuve a tu lado, soldado oscuro, carne para morir, en Vietnam cuando el vietcong se arrastraba hasta ti con el machete entre los dientes para dejarte tendido sobre la tierra extraña, con un puñado de rosas rojas en el vientre y los ojos helados de vidrio, abiertos contra el cielo. Servías, negro, para morir por los Estados Unidos de América. No servías entonces ni para vivir en los Estados Unidos de América.

Yo te vi, también, negro desangrado, con las vísceras esparcidas sobre la hierba joven en la guerra del Congo, en tu África liminar, tierra primera, cosmos engendrador, donde perdiste un día el saludo del rocío. Llevo, negro, tu dolor en el alma. He estrechado las manos de tu padre Léopold Sédar Senghor y he leído los versos de piedra de Aimé Césaire y Diop. Escribí las mejores letras de mi vida sobre la Negritud. Eres el hombre-hambre, el hombre-insulto, el hombre-tortura pero en verdad, en verdad te digo que florecerán de nuevo las espigas sobre tus campos oscuros. Ay, “dulce raza, hija de sierras, estirpe de torre y de turquesa, ciérrame los ojos ahora, antes de irnos al mar, de donde vienen los dolores”.

Quisiera, negro de las alambradas de Ceuta y Melilla, quisiera, indígenas arracimados en un bosque de Ceuta, que os quedarais en España, que se curen vuestras heridas de las vallas de espinos y del alma y deciros los versos de Neruda que hablan del manantial: “… déjame hundir las manos que regresan a tu maternidad, a tu transcurso, río de razas, patria de raíces, tu ancho rumor, tu lámina salvaje viene de donde vengo, de las pobres y altivas soledades, de un secreto como una sangre, de una silenciosa madre de arcilla”.

Luis María ANSON
de la Real Academia Española

1 comentario

Anónimo dijo...

que los deporten a todos