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Nosotros llegamos en cayuco, pero hay gente que está peor

Público.es

Cuando los inmigrantes venimos a España, lo hacemos engañados. Nosotros no sabíamos lo que nos íbamos a encontrar al llegar aquí", explica Otman Chiari, un marroquí de 20 años que llegó a España hace tres y medio escondido en los bajos de un camión. Como él, Bilal ElMeghraoui y Mustapha ElKamass, que también llegaron desde Marruecos en camión y patera, respectivamente, siguen esperando su permiso de residencia.
Porque lo que se iban a encontrar es un periplo interminable entre centros de acogida de menores y promesas de obtención de papeles y trabajo para, al cumplir los 18 años, convertirse en ilegales que no tienen forma alguna de ganarse la vida. Bah Youssouf Demele, marfileño de 18 años ha tenido mejor suerte ya que, al menos, acaba de recibir su permiso de residencia. 
El objetivo es unir a estos chicos, sin un hogar, con mayores que viven solos
Los cuatro viven juntos en uno de los pisos financiados por el programa Columbia de Mensajeros de la Paz, cuya misión es ayudar a los inmigrantes a los que la Comunidad de Madrid deja de tutelar cuando cumplen la mayoría de edad. Además de ofrecerles asesoramiento legal, también organizan cursos de formación para que estos chicos tengan más facilidades de optar a un puesto de trabajo.

Donde no llega la ley

La última propuesta de la ONG consiste en educarles para que puedan atender a personas dependientes. "Estos chicos no tienen casa y hay un montón de personas mayores que viven solas, necesitan ayuda y a las que no llega la Ley de Dependencia. El objetivo es que todos obtengan un beneficio mutuo", explica Rodrigo Pérez Perela, presidente de Mensajeros de la Paz Madrid.
Ellos pensaban que eran lo peor de la sociedad, hasta que llegaron al proyecto
Por eso, desde hace poco más de tres meses, los chicos del programa Columbia acuden periódicamente a un piso donde conviven seis menores discapacitados tutelados por la Comunidad de Madrid, cuya atención es gestionada también por Mensajeros de la Paz desde 1989.

Allí, asesorados por María Jesús Ferreiro, coordinadora del programa de atención a menores, y Sara Gamazo, la fisioterapeuta, aprenden cómo cuidar a personas con parálisis cerebral, síndrome deDown y malformaciones genéticas, entre otras dolencias.

Las risas, los juegos y, sobre todo, las muestras de cariño son habituales cuando se juntan unos y otros, inmigrantes y discapacitados. "Es como aprender a tener un hijo. Hay que tener mucha paciencia y, poco a poco, les coges mucho cariño a todos", afirma Otman, que ya ha terminado el período de formación. "Yo el primer día salí con depresión, me daba mucha pena verles así, pero creo que estoy haciendo algo bonito. Mi padre me ha dicho por teléfono que estoy haciendo algo importante", explica, orgulloso, Bilal.
"Si vas a ayudar, mejor que sea a los discapacitados", subraya Mustapha
"Aquí aprenden a tratar a la gente con necesidades especiales desde un punto de vista terapéutico; no sólo asistencial", asegura Gamazo. "En una residencia, normalmente el objetivo es que sobrevivan; aquí tenemos en cuenta todos los aspectos sensoriales. A una persona que no ve no puedes meterle una cuchara con comida en la boca; primero hay que dejar que la toque y que la huela para que no se asuste", afirma la fisioterapeuta.

Además, el aprendizaje va mucho más allá de las técnicas para cambiar un pañal o cómo coger en brazos a un discapacitado. "Ellos creen que son uno de los eslabones más machacados de la sociedad y aquí ven a gente que está peor que ellos. Esto despierta uno de los sentimientos más bonitos del ser humano: el placer de ayudar a los demás", sentencia Ferreiro.

Esfuerzo e ilusión

De hecho, los participantes en el programa "creen que vienen a ayudar, más que a aprender", apostilla la coordinadora. Y su opinión coincide con la visión de Otman, Bilal, Bah Youssouf y Mustapha, que han cambiado sus habilidades de soldador, carpintero, electricista y cocinero, respectivamente, por las de cuidadores y a los que no hay más que ver jugando con los menores para confirmar que están encantados de haber realizado el curso.

A pesar de las buenas sensaciones, todos coinciden en que se necesita mucho esfuerzo para conseguir terminar el período de formación. "Sin ilusión no lo haces, porque es muy difícil tratar con ellos; hay que tener mucha paciencia", confiesa Mustapha. Aunque, en realidad, está encantado con su nueva labor. "Siempre me ha gustado ayudar y si vas a ayudar, mejor que sea a niños discapacitados", subraya.

Además, todos reconocen que trabajar con estos menores les ha servido para cambiar su visión del mundo. "Es algo diferente a lo que tú estás viviendo que te sirve para la vida real", apunta Mustapha. Otman incluso reconoce que esta nueva labor le ha "abierto los ojos". "Nunca creí que iba a hacer un trabajo de mujeres", manifiesta. "Lo bueno de España es que tenéis libertades y posibilidades que en Marruecos no tenemos", concluye.

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