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Reforma laboral: trastienda política y económica

Después de que el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, anunciase en el Congreso que el paro seguirá subiendo en 2012, la secretaria general del PP, Dolores de Cospedal, insistía ayer en relacionar la creación de puestos de trabajo con la reforma laboral alumbrada por el Consejo de Ministros del viernes. “Con cinco millones de parados nadie con sentido común discute que hacía mucha falta”.
Según su razonamiento, todos Gobiernos de la democracia, a contar desde el Estatuto de los Trabajadores (1980), han ido sobradísimos de sentido común puesto que han reformado o retocado la normativa nada menos que 53 veces. ¿Quiere esto decir que se equivocaron en 52 ocasiones hasta dar, por fin, con la clave del empleo “estable y de calidad” que, según la ministra, Fátima Báñez, promete la reforma que acaba de entrar en vigor?
Tan zarandeadas están en el BOE las relaciones empresario-trabajador que, a la vista de lo ocurrido en estos últimos 32 años, es verificable que la creación de puestos de trabajo (2000-2007), o la destrucción en su caso (2007-2011), nunca dependió de una reforma laboral sino de la actividad económica. Miento. Hay una excepción que confirma la regla. Me refiero al hallazgo del “contrato temporal” (1984), y su derivada de “contrato basura” (1988), con Felipe González de presidente, acogido al mismo mantra que ahora repiten los ministros de Rajoy: “Mejor un empleo precario que ningún empleo”. En el periodo 1985-1991 se crearon casi dos millones de empleo con la radical enemiga del PP (todavía AP), que incluso se sumó a la huelga general de diciembre de 1988 contra dicha reforma. Tómese como dosis de recuerdo respecto al trasfondo político del asunto.Relacionar la reforma laboral con la creación de puestos de trabajo no es honesto y crea expectativas que se pueden volver contra la causa electoral del PP. Salvo que se reconozca la apuesta por la precariedad (los llamados “mini-jobs”), en cuyo caso el Gobierno no debería decir que busca empleo “estable y de calidad”.
Relacionar la reforma laboral con la creación de puestos de trabajo no es honesto y además crea expectativas que se pueden volver contra la causa electoral del PP. Salvo que se reconozca la apuesta por la precariedad (los llamados “mini-jobs” asoman la patita), en cuyo caso el Gobierno debería dejar de decir que la reforma busca empleo “estable y de calidad”.

La ecuación es universal. En épocas de crecimiento, más empleo. En épocas de crisis, más paro. De la crisis no saldremos por una reforma laboral más o menos atinada, como el propio Mariano Rajoy ha reconocido al anunciar una subida del paro en 2012, sino por una reactivación de la economía impulsada por el crédito. Lo didáctico es relacionar la reforma laboral no con el empleo sino con la competitividad, como suele hacer el ministro de Economía, Luis de Guindos. Esa competitividad que, hasta que entramos en el euro, siempre se procuró con devaluaciones de la peseta y despidos.
Los despidos eran antes más difíciles y más caros. Esta reforma laboral los hace más fáciles y más baratos. La alternativa son los sacrificios salariales. Es la clave: competitividad a cambio de despidos fáciles y sacrificios salariales. ¿Para que haya más empleo, aunque sea precario? No estaría mal mientras dure la crisis, pero ya Rajoy nos dice que el paro tiende a subir aún con la reforma en vigor. Así que me temo que la precariedad, el despido fácil y barato, el recorte salarial decidido unilateralmente por el empresario, el mini-job por debajo del salario mínimo o los EREs sin autorización previa vienen para quedarse cuando salgamos del túnel. Me gustaría estar equivocado.
Fuente: ElConfidencial.com

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