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“Emigré a España con mucha ilusión. Vuelvo con 50 euros en el bolsillo”

El sueño español ha terminado para cientos de brasileños. Los vuelos procedentes de Europa que aterrizan cada día en los principales aeropuertos de Brasil están llenos de compatriotas que vuelven al país que los vio nacer. Historias como la de Luis Vasconcelos, 43 años, que después de vivir durante dos décadas en España ha tomado el camino de regreso a Sao José dos Campos (Sao Paulo), donde vive con su anciana madre. Su esposa, Rosangela Gonsalves, resume sus sensaciones en pocas palabras: “Emigré a España con mucha ilusión, pero vuelvo a Brasil sin nada, con 50 euros en el bolsillo”. Es una historia, como tantas otras, de emigración fallida. Otros, los menos, tuvieron mejor suerte. Miles de brasileños volverán a su tierra en los próximos meses, cuando pierdan en España la prestación de desempleo. Más de 5.000 brasileños lo cobraron el mes pasado.

La de Luis no fue una decisión fácil, como tampoco la de la arquitecta paulistana Denise Ferrari, ni la empleada doméstica Cleusa Galera, que vivió cinco años en Italia y cuatro en Londres, “donde en los últimos meses ganaba 1.500 reales (el equivalente a 650 euros) que no me daban para vivir”. Luis, que ha vuelto con su segunda esposa y con Amanda, su hijastra adolescente, relata un panorama idéntico: “El dinero que ganaba sólo daba para comer y poco más. Mucho huevo con patatas”.

Todos intentaron conseguir una vida mejor fuera de Brasil. Salieron cuando el país estaba en dificultades y vuelven con un estado en pleno apogeo. ¿Ha valido la pena? Difícil pregunta para un emigrante. Todo es muy relativo, aunque dejarlo todo para volver 20 años después sin un euro en el bolsillo no es una experiencia fácil de explicar. “Siento como si tuviera dos vidas, en dos dimensiones diferentes. Una vivida en Brasil y otra en España”, sentencia Vasconcelos, quien tuvo dos hijas en nuestro país que ahora viven en Brasil. “Creo que están molestas conmigo. Desde hace tres años no las veo y creo que están molestas por todo lo sucedido desde que me separé de mi esposa”. Pero, lo que es evidente, es que sólo fracasa el que se arriesga. Y la emigración siempre es un riesgo.

Un riesgo que la madre de Luis nunca comprendió. Siempre se hacía la misma pregunta: “¿por qué Dios se llevó a mis hijos a trabajar fuera de Brasil?”. “De tanto pedirlo, me mandó a los tres de vuelta”, sonríe, ahora, al pensarlo, “cuando se fueron caí en una depresión. Le mandé a mi marido que destrozara los cuartos donde dormían”. La primera que regresó fue Luciana, que había vivido ocho años en España: “Cuando yo fui había bastante trabajo, pero volví cuando empezaba a escasear el empleo”. El tío de Luciana, que es español, vive en Brasil desde hace un año. Mientras prepara un osobuco, este hombre ya entrado en los cincuenta explica por qué ha emigrado: “En España hoy no se puede vivir”. Luis, cuyo primer empleo en nuestro país fue de camarero, se recrea mientras tanto viendo una foto de un desvencijado Ford Orion, “el primer coche que tuve”.

De arquitecta a niñera en dos años
En 2011, la arquitecta Denise Ferrari decidió poner fin a una estancia de nueve años en Barcelona. “Llegué en abril de 2003, soy arquitecta y tengo nacionalidad portuguesa y brasileña. La ciudad me dio la oportunidad de vivir en un paraíso de cultura, de informaciones, un lugar donde aprendí mucho”. La paulista llegó, como todos, sin saber una palabra de español. Hizo el doctorado en la Universidad Politécnica de Barcelona. Todo iba sobre ruedas, hasta que llegó la maldita crisis. “Trabajaba en un despacho importante de ingeniería civil, además ya tenía la mitad del doctorado. Mi contrato acabó en 2009 y no me lo renovaron”.

Y, como tantos otros, buscó trabajo en otras profesiones no relacionadas con su perfil de arquitecta. “Fui dependiente en una tienda, realizaba demostraciones de electrodomésticos en una gran superficie y, en los últimos meses, trabajé como niñera de tres niños islandeses”. Denise entregó su apartamento y volvió a Brasil en diciembre de 2011.

Cada historia es diferente y daría para escribir un libro sobre la dureza de la emigración. Thaís de Oliveira, originaria de Curitiba, llegó a España con 14 años. Hoy vive con su marido español en el Estado de Paraná. “Me licencié en Derecho. Mis amigos y mi familia se han quedado en España, pero la situación es pésima. De mi círculo de amistades sólo una sigue viviendo en el país”. Mala noticia para nuestra juventud, que sufre un paro cercano al 51%.

Thaís se considera una extranjera en Brasil
Para Thaís el regreso no está resultando sencillo: “Me estoy sintiendo del mismo modo que cuando llegué a España, una extranjera. Vuelvo a sufrir el proceso de adaptación, de estar desubicada y con morriña de los que se quedaron en España. Mi marido se ha adaptado mejor. Mi objetivo es convalidar lo estudios y trabajar como abogada. Mientras tanto, trabajo en el Centro Cultural de España, mientras mi esposo da clases de español”.

Otros, inexplicablemente, se instalaron en España en plena crisis, convencidos por el boca a boca y las historias de amigos y familiares que habían probado suerte antes. En 2008, Paulo Giovanni, de Praia Grande (Sao Paulo), viajó a Galicia. Tenía tres hermanas que residían en una pequeña ciudad llamada Órdenes y le convencieron para venir a España. Llegó como un inmigrante ilegal y, con el paso del tiempo, se dio cuenta de lo que eso significaba. “Vendí todo lo que tenía en Brasil y embarqué para España con mi mujer y mi hijo, que tenía 8 años en aquella época. Cuando faltaban diez días para volver a Brasil encontré un trabajo en una panificadora que se encontraba a 15 kilómetros de donde vivía. Mi trabajo se desarrollaba entre la media noche y las 9 de la mañana”.

“Mi patrón me pidió los documentos para hacer el contrato, pero él no sabía que estaba ilegal en el país. Fui dándole largas hasta que un día me despidió. Decidimos volver a Brasil, pero no teníamos dinero para los billetes. Mi esposa estaba embarazada de siete meses, no teníamos dinero para el alquiler ni para comer. Pedimos ayuda al Ayuntamiento para acogernos al programa de Retorno Voluntario, pero nos dijeron que había 3.000 solicitudes. Se portaron muy bien, agilizaron el viaje y mi mujer dio a luz en Brasil. No volví con dinero, pero traje un tesoro que es mi hija y la experiencia vivida en España”. Giovanni, como tantos otros, dejó atrás el sueño español para regresar al gigante sudamericano.

Fuente: elConfidencial.com

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