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Melilla, noches a golpe de helicóptero

  • Los inmigrantes utilizan nuevas maniobras para entrar en suelo español
  • Algunos se desnudan y se untan de heces para que los guardias no les cojan
  • Las tácticas novedosas de las mafias desconciertan a los agentes

"A las tres de la mañana todavía sigue el helicóptero de la Guardia Civil haciendo pases rasantes cerca de mi casa, nos despierta, sé que es necesario pero se está convirtiendo en inaguantable". Un vecino de Melilla, que vive en el fronterizo barrio de la Carretera de Farhana, cuenta en primera persona lo que se está viviendo en la ciudad, tras el aumento exponencial de intentos de entrada saltando el perímetro fronterizo de Melilla por parte de inmigrantes subsaharianos.

Melilla ha sido siempre un lugar de acogida, donde sus habitantes nunca han tenido ningún problema en ayudar al necesitado, haciéndose cargo del drama de la inmigración porque lo vive de primera mano. No es raro ver coches de la ciudad pasando a Marruecos con ropa, víveres y otros enseres de primera necesidad para dejarlos al pie de la carretera que sube el Monte Gurugú. Sin embargo, recientes acontecimientos relacionados con la cantidad y la forma en la que se están produciendo los últimos intentos de llegar a Melilla, hacen a los vecinos de esta ciudad replantearse su posición ante este fenómeno.

La situación se describe, por ejemplo, con una nueva maniobra de los inmigrantes nada más pisar suelo español. "Se quitan la ropa para que no podamos agarrarlos de ella y se untan con sus propias heces con el fin de repeler a los guardias", relatan desde la Asociación Unificada de la Guardia Civil (AUGC) en Melilla. "Nos tiran piedras, nos pegan con barras de hierro y cuando logramos retenerlos intentan morder para que tengamos miedo de coger alguna enfermedad", aseguran.

Otra muestra han sido los recientes 'kamikazes' que cruzan a gran velocidad el puesto fronterizo de Beni-Enzar en coches comprados al efecto y en los que pueden llegar a meter hasta 12 personas, con el peligro que supone para los policías y guardias, amén de otros transeúntes, que hacen su labor diaria en la frontera. Todo por entrar en territorio español y que se les aplique la Ley de Extranjería.

Las mafias ofrecen varios paquetes

Para entender qué es lo que está pasando en Melilla hay que hacer un breve repaso al 'sistema' montado por las mafias, con el fin de culminar el transporte de personas desde sus países de origen hasta suelo español. Las mafias captan a los inmigrantes por el camino, quitándoles todo lo que tienen para ofrecerles varios 'paquetes' de productos disponibles. Cuando llegan a las inmediaciones de Melilla tienen normalmente tres intentos contratados en patera o en coche. Cuando se les acaban las opciones o el dinero, la valla es la única solución.

Los más de 4.000 inmigrantes, en su mayoría subsaharianos, que se calcula viven en la montaña que se alza justo desde donde está la valla, son aquellos que o bien se les ha acabado el dinero o no quieren gastarlo para tener algo cuando crucen. "Suelen tener dinero de sus familias, oro o incluso financiarse subiendo cocaína que entra desde Colombia a sus países", cuentan miembros de la AUGC, "cuando se les gasta o quieren guardar algo, se unen a los que están a la espera de poder saltar la valla y lo van intentando".

Un subsahariano oculto en el doble fondo de un coche en Melilla. | Efe
Un subsahariano oculto en el doble fondo de un coche en Melilla. | Efe

El peligro de este fenómeno es evidente; cada vez hay más inmigrantes en el monte que se unen a los que había anteriormente y esto hace que, cada noche, las excursiones a la valla sean más numerosas. El único alivio es la entrada en Melilla o la muerte, pero jamás volver atrás.

José Palazón, responsable de la ONG Pro Derechos de la Infancia (Prodein) en Melilla, asegura que los intentos masivos de entrada son provocados por Marruecos: "El exceso de violencia y las redadas hacen que muchos acudan a la desesperada a la valla para salvar su vida". Palazón asegura que los inmigrantes subsaharianos "se autorregulan en el monte y jamás entrarían en masa a no ser que los empujen. Saben que esto perjudica su imagen y que pueden provocar desalojos drásticos como los que ya ha habido, donde siempre hay muertos".

Una hilera de inmigrantes, que hoy ve irse el invierno en el cercano monte Gurugú, baja cada noche en grupos de veinte o treinta hombres para luego dividirse y empezar a buscar hueco en la valla. Este fenómeno se repite cada día, sin falta, desde hace dos años aproximadamente.

Los subsaharianos han aprendido a saltar el perímetro fronterizo con mucha facilidad

Los inmigrantes han aprendido a saltar el perímetro con mucha facilidad, cuando hace ya siete años se estrenó esta triple valla, coronada con una basculante sirga tridimensional entrevallas, sensores de movimiento y hasta línea de sprays de pimienta. Pero la desesperación y el hambre son imparables. "Ahora los inmigrantes cruzan la valla en menos de 30 segundos, si vienen en grupos numerosos no hay quien pueda frenarlos con el personal que tenemos", aseguran desde la AUGC, que ya se están viendo desbordados.

"Si no fuera por la colaboración del otro lado de la valla, los 4000 subsaharianos estarían ya aquí y otros tantos estarían de camino". El plano basculante que cuenta con un resorte para repeler a quien trepa, es fácilmente sorteable usando una técnica muy sencilla (uno la sostiene mientras los otros pasan). Asimismo, en el espacio entre las vallas, la sirga tridimensional que supuestamente está para hacer más difícil la entrada, no tiene ningún efecto en grupo y menos desde arriba (la sirga sirve para dificultar el paso a quien hace un agujero a nivel de suelo desde la primera valla de seis metros), es más “esa sirga, al pisarla, sirve de apoyo para sortear la segunda valla, de 3 metros, que se queda en un metro y medio con el alza que proporciona", relatan los expertos.

El vecino Reino de Marruecos hace lo que puede, cuando quiere. Los efectivos marroquíes disponibles al otro lado de la doble valla se reducen a un joven, provisto de una porra o un palo, sentado en una piedra cada 10 metros, en total unos 40 militares para todo el perímetro fronterizo. Eso sí, cuando la Guardia Civil alerta a alguno de ellos de la llegada de la fila imparable de hombres cada noche, el joven avisa a gritos (no tienen radio) a unos cuantos más que no están de guardia, para intentar repelerlos antes de que lleguen a la valla.

'Si no lo tienen claro los políticos, ¿cómo lo van a tener claro los guardias?', se preguntan en la AUGC.

Suelen llegar desde otras zonas en camiones hacia el lugar que indica la Guardia Civil, una vez localizan el 'desfile', intentan que, al menos, no salten en grupo y se dividan lo más posible, aunque cada día idean técnicas diferentes para poder entrar. "Sabemos que se coordinan con gente de este lado de la valla que vigila nuestros movimientos, por eso también buscamos a quien esté en actitud sospechosa en la carretera de circunvalación pegada al perímetro", dicen desde la AUGC.

La Guardia Civil cuenta con un equipo de visión térmica para detectar posibles amenazas, usado tanto en las torretas de vigilancia como desde el helicóptero que estos días no deja dormir a los melillenses. Con lo que no cuentan es con una legislación clara a la hora de saber qué pueden hacer y qué no, una vez los inmigrantes lleguen a la valla. La AUGC argumenta que hay una fina línea entre el 'rechazo en frontera' y la 'devolución exprés', la una totalmente legal y la otra absolutamente ilegal. La fina línea la dibuja la situación particular en la que se encuentre cada uno de los inmigrantes que pretende saltar la valla.

Si es rechazado antes de que llegue al perímetro se considera legal la actuación del guardia civil, pero cuando el inmigrante logra llegar a territorio español, se le debe aplicar el Tratado Hispano-Marroquí del año 1992 (y ratificado cada cuatro años). Este segundo caso significa básicamente que el inmigrante debe ser puesto a disposición de la Policía Nacional, provisto de abogado y traductor y trasladado al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) comenzándose un trámite por el cual el Gobierno de España tiene 10 días para poder devolverlo "por la vía rápida", esto es, al país desde el que entró, Marruecos.

Inmigrantes saltando la valla de Melilla en 2012. | El Mundo
Inmigrantes saltando la valla de Melilla en 2012. | El Mundo

Lo que ocurre es que la 'aceptación' de Marruecos depende del momento político y las relaciones bilaterales, básicamente si el país vecino no reconoce que el inmigrante ha entrado en Melilla por Marruecos, al indocumentado hay que aplicarle la Ley de Extranjería y ser trasladado al CETI, donde después de años podría regularizar su situación (sobre todo si no se puede demostrar su país de procedencia).

"Todo pasa porque no existe una zona de seguridad conocida comúnmente como territorio de nadie donde actúe una fuerza conjunta de policía hispano-marroquí", asegura Palazón, una franja de 500 metros entre Marruecos y España, que fue invadida por el primero con total impunidad tras el levantamiento de la valla y que, ahora, impide que la Guardia Civil tenga espacio para actuar con garantías de legalidad internacional.

Esta situación pone en un brete a los guardias, que diariamente tienen que definir muy bien y en tiempo récord, cuál es la situación que tiene frente a él: "Estamos en una tensión constante. El otro día expedientaron a un compañero porque se le coló una patera por la costa y, sin embargo, hace poco una patrulla de GEAS que devolvía una patera a Marruecos está siendo investigada por no admitirla a Melilla", dicen desde la AUGC. Y añaden: "A veces no sabemos cómo actuar".

Sin zona de seguridad

Y es que algo parecido pasa en el mar, donde por obvias razones, no se puede dibujar una 'línea en el agua' que indique el lugar exacto en el que ya no se puede rechazar una patera y hay que escoltarla a puerto, además del efecto que el tratado de Wad Rass (1860) tiene en la legislación de aguas territoriales melillenses.

Este acuerdo ratificó el convenio firmado el 24 de agosto de 1850 sobre las plazas de Melilla, que aumentaba su perímetro fuera del área fortificada y de los peñones de Vélez de la Gomera y Alhucemas, pero nunca habló de las aguas, por lo que, en principio, no existe sobre papel ninguna línea clara entre lo que es España y lo que es Marruecos en lo que al mar se refiere.

"Si no lo tienen claro los políticos, ¿cómo lo van a tener claro los guardias?", se preguntan en la AUGC. "Lo que hay escrito no permite ni un metro de agua de Melilla, aunque de manera efectiva se considera una zona de tránsito para los barcos de pasajeros, cargueros, pescadores y embarcaciones de recreo de ambos países, además de las patrullas de Marruecos y del servicio de GEAS", añaden.

En el mar, la Guardia Civil lo tiene claro: se devuelven todas las pateras y nadadores al punto de Marruecos que mayores garantías de seguridad tengan para los inmigrantes. "Siempre nos traemos a Melilla a los niños, mujeres embarazadas o personas con necesidad de auxilio urgente", dicen desde la AUGC, que aseguran que "todo se hace por razones humanitarias y por la obligación de socorro, pero legalmente la norma sería devolver a todos a Marruecos".

El problema llega cuando, por culpa del deterioro de las relaciones entre los dos países, "Marruecos empieza a mirar para otro lado y no admite que las pateras o nadadores han salido de su lado del charco", siguen los representantes de la AUGC.

En cuanto a los coches, toda vez que quien pretende introducir un inmigrante de manera ilegal y es interceptado, tiene que pasar a disposición judicial. El indocumentado, en vez de ser rechazado, debe acudir como testigo del delito, lo que le garantiza la entrada en España y la ansiada aplicación de la Ley de Extranjería.

Por eso este método es el más caro y el preferido de las mafias, aunque el más arriesgado para los 'pasajeros' que deben estar horas encajonados en pequeños huecos practicados al coche. Hasta tal punto es práctico para las mafias, que en una ciudad con una tasa de paro de más del 28% y una población de más del 34% bajo el umbral de la pobreza (y los que no llegan a las estadísticas), no tienen problemas en encontrar 'coyotes' que por 1.000 o 2.000 euros se presten a arriesgar 8 años de cárcel por hacer el porte.

elmundo.es

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