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La doble cara de la inmigración española en Alemania

Centenares de maletas inundan a diario los aeropuertos españoles. No son unas alegres vacaciones de verano, tampoco la vuelta a casa por Navidad. Por sus pasillos; madres que sufren, padres que lloran, parejas que se separan. Las despedidas son amargas, los llantos ya no tienen el consuelo de un retorno definido. El dolor del adiós contrasta con la ilusión de un futuro teñido de esperanza, fuera de las fronteras de un país cuyo cajón, desnivelado, no soporta el peso de cientos de miles de diplomas.

El flujo de inmigrantes españoles en Alemania es cada vez mayor. El pasado año 2012 recibió a 29.910, cifras que respecto a 2011 suponen un incremento del 45%, lo que se traduce en 9.238 hispanos más que ven en el país germano una oportunidad para adquirir experiencia profesional y labrarse un futuro.

Alemania no recibía tantos inmigrantes desde 1995, y es que el país teutón tiene la tasa de paro más baja de la Unión Europea (en torno al 5,5%). Según la Agencia Federal de Empleo alemana, en 2012 había cerca de 50.000 españoles con trabajo.

Fuga de cerebros y cerebros fugados

Según los datos publicados en la prensa nacional española, casi la mitad de los nuevos inmigrantes españoles en Alemania tienen estudios superiores finalizados -un 14% más que en 2005 si tenemos en cuenta los datos que ofrece el Instituto para el Mercado del Trabajo de Nuremberg (IAB)-. Inmigrantes cualificados que Alemania acoge con agrado, especialmente en los campos de la ingeniería y de la medicina. En palabras de la ministra de Empleo alemana, Ursula von der Leyen, esto es un “golpe de suerte”. "El nuevo perfil cualificado de la inmigración ayuda a nuestro país, lo rejuvenece y lo hace más creativo e internacional", señaló.

Daniela: "Aquí, si no hablas alemán lo llevas bastante crudo"

Sin embargo, más allá de los datos, la realidad transmite que el hecho de tener estudios superiores y emigrar a Alemania no asegura un puesto de trabajo cualificado para todos los emigrantes españoles, muchos de ellos optan por regresar pasados unos meses. En la calle se pueden encontrar múltiples historias entre españoles que tienen estudios superiores.

“Tenía asumido que no iba a tener un trabajo cualificado nada más llegar”, nos cuenta Daniela (cuyo nombre real prefiere ocultar) una periodista de 26 años que trabaja de cara al público, cuyo nivel avanzado de alemán -adquirido en la Escuela Oficial de Idiomas- le permitió optar a un puesto de trabajo. “El inglés aquí no sirve, y si no hablas alemán lo llevas bastante crudo”, indica.

José Berlanga, ingeniero informático, emprendió su camino hacia tierras teutonas debido a la situación de desempleo en la que se hallaba. “Busqué una salida, un trabajo que me diera la posibilidad de independizarme”, explica. Pese a lograrlo, su experiencia laboral como almacenista en una filial de Mango no fue la deseada. José decidió retornar a su Málaga natal tres meses después. “Nadie me dijo que mi trabajo consistiría en ser un mulo de carga”, comenta, añadiendo que se sintió “maltratado psicológicamente” por sus superiores.

Sudor a falta de estudios

Al otro lado del pastel se hallan los emigrantes españoles que no tienen estudios superiores. Para ellos, el emigrar no solo supone una oportunidad, en ocasiones lo ven como única vía de escape para sobrevivir.

Vanesa Muñoz es una sevillana de 31 años que emigró a Gelsenkirchen en 2011 junto a su hijo de siete años. Allí les esperaba su marido, quien se había desplazado tres meses antes con un contrato de trabajo como montador de membranas en el estadio de fútbol del Shalke 04. Vanesa tardó casi dos años en encontrar un puesto de empleo en una empresa que ofrece servicios de limpieza al equipo germano. ”Estamos a gusto porque sabemos que aquí nuestro hijo de 7 años tendrá un futuro el día de mañana, cosa que en España ya está siendo casi imposible”, confiesa Vanesa.

Vanesa: "Me casé en el consulado español porque no tenía seguro médico"

El aprendizaje del idioma es la gran barrera a superar para este perfil de emigrantes, a quienes les resulta más costoso que a personas acostumbradas a estudiar. “Los cursos son caros y dejan mucho que desear. Estoy aprendiendo más por supervivencia que por otra cosa”, añade.

Además del idioma, son muchas las diferencias sociales y civiles entre ambos países. Una de las más destacadas es el sistema sanitario alemán, totalmente privatizado. A colación de ello, Vanesa comenta: “Me casé en el consulado español porque no tenía seguro médico”.

Entre las grandes ventajas del país teutón se halla en su legislación laboral. Para Armando, vigués residente desde 1988 que ha trabajado de soldador y de tornero, “se respeta al trabajador”. “A diferencia que en España”, matiza.

Una llamada selecta

El reciente acuerdo firmado entre España y Alemania para dar empleo a 5.000 jóvenes al año, a través de la formación profesional dual para personal cualificado, hace que las expectativas de flujo de inmigrantes españoles en Alemania sigan aumentando en los próximos años, pero a buen seguro seguirá arrastrando a otros muchos sumidos en la incertidumbre.

Lo cierto es que Alemania requiere mano de obra, pero con condiciones específicas. Y ya sea por desesperación o por desinformación, muchos españoles deciden probar fortuna en un país tan próspero como difícil, del que un gran porcentaje regresa.

Para Daniela, el problema es que la emigración a Alemania “se ha idealizado tanto que ha venido demasiada gente”. “Alemania necesita mano de obra, pero o bien muy cualificada (médicos, enfermeros, ingenieros…) que no tendrán problemas en encontrar empleo si tienen un buen nivel de alemán, o bien gente no cualificada. Hay numerosas ofertas de empleo para personal de limpieza, hostelería… Luego se encuentra esa masa de personas con estudios universitarios que aquí no son demandados, entonces debes estar dispuesto a aprender el idioma y a empezar desde cero”.

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